Flatiron fue una apuesta arriesgada en su momento, ya que se instalo en un polígono industrial, fuera del ámbito tradicional de la alta gastronomía, con una cocina mediterránea y muy creativa. El éxito fue maravilloso y muchos restauradores imitaron la fórmula, hasta que se formo una moda de restaurante de polígono. Se complementó un año mas tarde con un servicio de catering. Además monté un obrador de pastelería que suministraba la carta de postres a muchos hoteles y restaurantes de Madrid.